Primera forma de probar: la experimentación. David filma a su padre Adalberto con su cámara de 16 mm: de lejos, de cerca, de pie, de perfil, sentado, acurrucado, cantando, bailando, mirando al lente, el rostro proyectado con imágenes familiares, echándose gotas en los ojos, metiendo la mano en el agua y jugando con su perro. Estas son imágenes que parecen filmadas de manera espontánea, sin un guión previo, a salto de mata. Tienen un pulso rápido, reactivo, tembloroso y centelleante, como el de la cámara de Jonas Mekas. Y dan una sensación de querer celebrar los vislumbres de la vida, de querer captar lo efímero, lo fugaz del movimiento… David prueba, ensaya y busca la forma dentro de la misma película. Experimenta, intuye, bocetea. Segunda forma de probar: demostrar la verdad de un hecho. Por un lado, cuando su padre Adalberto dice que la vida es fugaz e irrepetible, David, a través del montaje, repite esas palabras y expresa que, por lo menos en el cine, el tiempo sí puede repetirse al infinito, que las vidas efímeras sí quedan momificadas en la lata, y que, por un segundo, podemos tener esa inocente sensación de haber vencido a la muerte, de ser inmortales: el niño y la mujer en el rostro del padre quedan fijados para siempre en la memoria. Por otro lado, utilizando un sonido inquietante, David demuestra que la soledad de su padre tiene unos agujeros, unas grietas inaccesibles que generan preguntas, una fragilidad silenciosa. No sabemos qué es, solo nos muestra algo invisible que está allí escondido en su mirada, algo imposible de captar en la cotidianidad sin la presencia de una cámara. Tercera forma de probar: degustar, conocer el sabor de algo. Indiscutiblemente, en comparación con lo digital, las imágenes fílmicas tienen una textura. Son algo material: están en una lata que uno toca y siente. Luego uno se encierra a oscuras a revelarlas, las impregna de los perfumes metálicos y las lava, como si fueran una criatura divina recién nacida. David logra hacernos degustar esas imágenes con los ojos y tener la sensación de que Adalberto es alguien de carne y hueso, alguien cuya identidad tiene capas y profundidad más allá de la pantalla. Por último, la guayaba filmada en primer plano es apetitosa. Uno casi que puede tocar su textura húmeda y sentir su olor dulce. La probamos. La saboreamos. La sentimos deshaciéndose en el paladar. Tenemos una relación táctil con ella y eso hace que la experiencia cinematográfica sea más física, más completa y verdadera. Este bello cortometraje juega con las acepciones de la palabra probar, elogia lo fílmico, celebra lo espectacular que tiene una vida sencilla, eterniza la memoria del padre y su puesta en escena, sobre todo en la secuencia del perro, recuerda la belleza de las películas familiares de los hermanos Lumière.