Anna Lamour es una directora franco-griega. Estudió cine en Nueva York y guion en la Universidad de París-Sorbona. Las narrativas que crea giran en torno a temas de pertenencia e identidad, cuestionando el papel de las creencias como fuerza motriz en la narración. Our Homes Do Not Exist (Τα σπίτια μας δεν υπάρχουν) es su primer documental. También trabaja como supervisora de guion, investigadora de historias y consultora de guion para proyectos internacionales. Actualmente está trabajando en una película de ficción.
Este es el relato de una ciudad y sus casas deshabitadas, que algunos llamarían sin dudarlo “embrujadas”. Es la historia de las casas que permanecen y de aquellas que aún están por imaginarse. Es la historia de una casa que no existe. Una casa familiar en Atenas se va desmoronando poco a poco. A medida que la película recorre barrios que alguna vez fueron familiares, entre espacios habitados y abandonados, surge un nuevo sentido de pertenencia, a la vez frágil y colectivo: el de un hogar imaginario que hay que inventar entre las ruinas de la realidad.
Reflexión
Reflexión
ANDRÉS MUNERA
La sinfonía elegíaca de Atenas que orquesta Anne Lamour en Our Home Do No Exist es lo suficientemente melancólica y luminosa para confirmar el buen estado de salud del cine griego contemporáneo. En griego el término Xenitia corresponde a un sentimiento de melancolía que se experimenta en el exilio por el hogar. La cineasta franco-griega navega por los intersticios de esta palabra Xenitia desbordada, para ofrecer un mosaico de las calles y los habitantes atenienses mientras la voz en off funciona como un sortilegio que hechiza y suspende los barrios de Kipsely, Philopappou, Lycavito o Acrópoli transmutándolos en una especie de tableux vivants embrujados. Lamour filma el palimpsesto de las ruinas urbanas griegas con una cámara que encontró hace tiempo en el diván de una de las tantas casas embrujadas de Atenas, las que se pueden aún filmar como materia plausible o como vacíos residuales. Esta es una película que filma las ciudades como extremidades amputadas pero que a su vez propone revoluciones con sus sedimentos, los que quedan de la gentrificación, esas brasas encendidas que el viento tirano del progreso no logra sofocar.