2026
16 MIN
Colombia
Español
Óscar Garzón
Óscar Garzón
Óscar Garzón
Nicolás Gaitan Sierra
Juan Bohorquez
Armando Samudio
Salome Garcia
Sebastian Munera, Diego Felipe Cortés, Paula Romero
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Viernes 4 de septiembre | 7:30 p.m. | Centro Colombo Americano - Sede centro - Sala 2 | Medellín |
| Miércoles 9 de septiembre | 7:00 p.m. | Casa museo Otraparte | Envigado |
Director y productor de cine colombiano. Estudió guion en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA). Su trabajo ha sido reconocido con múltiples premios del Fondo de Desarrollo Cinematográfico de Colombia (FDC), tanto en la categoría de guion de largometraje como en la de producción de cortometraje. Su primer cortometraje experimental, Mariana y las cosas fue seleccionado en varios festivales de cine nacionales e internacionales, incluido el XI Panorama del Cine Colombiano en París, donde recibió una Mención de Honor del jurado de cortometrajes.

Una locuaz mujer inventa una historia increíble e improbable para evocar una amistad perdida. Llama a sus amigos para imaginar una fábula. Esta es una película sobre la transformación: la historia de dos pájaros que un día se convirtieron en humanos —un ornitólogo y su amigo, el arquitecto—.


La zona de tradición de Óscar Garzón tiene que ver con los elementos precisos de la fabulación, donde el tiempo tiene una extensión tan imprecisa que deja de importar si se le mide por días, horas o meses. Tiene también una visión de conjunto: el interés prominente por hacer una película literaria naturalmente hace que la inspiración desemboque en un elemento adicional. En este caso, la arquitectura. La sospecha por la confirmación de esta tradición tiene una docena de pistas en toda la película. En un momento, por ejemplo, repentinamente, aparecen las cuatro grandes artistas del colectivo Piel de lava, inmortalizadas en una película donde fueron, sin exagerar, toda la historia del cine –sucesivamente pero sin cronología–. La tradición que reclama Garzón para sí mismo tiene que ver con el aprovechamiento de las facultades metafísicas y de transformación del cine. Es una película llena de detalles variegados, una donde el espacio estético está dominado por la belleza y afinado, por el montaje, en una sucesión de opuestos: la ciudad se ve hacia arriba y hacia abajo, literalmente; un hombre adora mirar con detenimiento las paredes, otro no entiende esa ingente voluntad de “inercia”; un hombre domina un jerga técnica, otro hombre pelea contra todas las jergas –quiere apenas salvar los silbidos–. Extendida sobre el capricho y las cosas repentinas –fructífera idea del cine que revela una geometría existencial–, tiene el tono de una parábola y amplía sobre los grandes temas de la amistad y la vocación. Además, sello máximo de una operación de herencias, tiene una para nada escéptica confianza en la virtud de la palabra, en la voz como máxima creadora de las razones, el orden y el destino. Así que Mi amigo, el arquitecto es sobre las cosas más posiblemente imposibles. Un hombre, alto, con gafas –hay que ver más y mejor–, sin ninguna señal de desvalimiento en sus ojos –se nos ha dicho que ahora es algo que antes no era–, de gestos delicados y duraderos, hace las cosas que hacen los arquitectos: traza planos, visita lugares, toca paredes –siente materiales, obviamente rechaza la idea de que la piedra es una cosa muerta–. Otro hombre, menos tranquilo, de gestos menos vivos y más aniquilados por la certeza de que se ha convertido en otra cosa, camina por la ciudad, está atento a los ruidos y a los otros hombres de su especie. Ahora es ornitólogo. Su trabajo consiste en observar, aunque parece que en realidad es algo que le gusta poco. Prefiere silbar y estar arriba, como si volara: suponemos que prefiere los apartamentos altos y que, entre cruzar a ras de la calle y a través de un puente preferirá siempre el puente. Estos dos hombres comparten un secreto: antes de ser humanos fueron pájaros. Esa vida pasada, al inicio de la película, es un susurro; al final es como un resuello, como el golpe de una ola desesperada. La película es momentáneamente feliz porque los pájaros, ahora hombres, alcanzan a comprenderse muy bien. Se vuelven amigos. Comparten, entre ellos, lo que saben. En la película el enamoramiento y la amistad tienen fronteras difusas y sobre eso nos hace sentir alegría, contagia con su aluvión de gestos secretos, como de pájaros. Mi amigo, el arquitecto cree en la disposición de la ficción y en los laberintos que esta puede armar. Es estentórea y dulce. Hace el trabajo de un bardo y da felicidad. La película tiene otra cosa que queda pendiente por extender y que el espectador podrá experimentar sólo cuando la vea: esa cadena de cercanías que estrecha la relación entre lenguaje y vocación. Y quizás ese es el mejor “tema” para las grandes películas.
Valle de Aburrá, Antioquia