2026
18 MIN
Argentina
Neerlandés
Rafael Federman
Clara Massot, Vladimir Durán, Rafael Federman
Rafael Federman
Federico Lastra
Maximiliano Passarelli
Lautaro Zamaro
Eugenia Alonso, Diego Velazquez,
Ines Efron, Maria Villar,
Rafael Federman,
Gabriela Saidon,
Ana Paula Mendez, Javier Drolas,
Diana Szeinblum
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Viernes 4 de septiembre | 7:30 p.m. | Centro Colombo Americano - Sede centro - Sala 2 | Medellín |
| Miércoles 9 de septiembre | 7:00 p.m. | Casa Museo Otraparte | Envigado |
Principalmente conocido como actor, Rafael Federman también es director de cine. El oído absoluto es su primera película. Protagonizó Dos disparos (Martín Rejtman) y Parado Mirando (Renzo Cozza), película que hizo parte de la competencia central de Cinemancia 2025. Además, participó en películas como Los sonámbulos (Paula Hernández), Rojo (Benjamín Naishtat) y La sociedad de la nieve (Juan Antonio Bayona).

Lorenzo tiene un problema en el oído. Un pesado y extraño zumbido no le da tregua desde un accidente mientras navegaba. Desde entonces no le ha abandonado, intensificándose cada vez más y afectando el normal curso de sus días. A través de consultas médicas y terapias menos tradicionales, este es el relato de la búsqueda de un alivio que le devuelva el silencio y, con él, la tranquilidad.


La tentación narrativa de convertir en causa un oído herido se disipa en El oído absoluto, donde no va a llegar ese atisbo de cierre, ese acercamiento de resolución que en el cine, cuando un cuerpo empieza a fallar después de un hecho puntual, esperamos que funcione como llave, que explique, que cierre el círculo, que le devuelva sentido al padecimiento. El oído absoluto es una película de tradición que divaga a favor de un misterio y que, al tiempo, concentra un interés de puro deleite narrativo entre laberintos fantásticos que propagan la dilatación del tiempo. Rafael Federman, director y protagonista, arma una expectativa, una búsqueda, y, luego, se niega a saldarla. El accidente, o el inicio del padecimiento, desencadenado al zumbido que le sigue, es un inicio que no da origen. En esa negativa, el gesto más interesante del cortometraje también nos enfrenta a la incomodidad de la no resolución o una falta de claridad explícita en un mundo donde la información parece navegar por todas partes. La distancia entre el hecho y el síntoma, dos cosas que el sentido común tiende a señalar como causa y efecto, aquí pertenecen a órdenes distintos. Desde el punto de vista clínico está el vestigio físico, la explicación anatómica, pero en el fondo es más una búsqueda de restituir la lógica causal del relato propio, la posibilidad de que el cuerpo hable un lenguaje que no es el de la causa y el efecto, sino el de lo simbólico. Ver el cortometraje así, como una escena sobre la insuficiencia de las causas, cambia también lo que se espera del final. No hay (y no debería haber) una revelación que ate el zumbido a un trauma preciso y legible. Eso sería devolverle al relato la lógica causal que el propio film se toma el trabajo de desarmar. No hay arreglo, la pantalla se apaga antes que él. Lorenzo, con su oído ya pesado, ensaya todo tipo de soluciones: citas médicas, terapias heterodoxas e, inevitablemente, encuentros inesperados que alimentan la inquietud de la causa y su cura. Como en las grandes películas, la transformación de uno de los sentidos fundacionales de la experiencia en el mundo modifica inexorablemente el sentido de la materia: si el mundo de afuera cambia de sonidos, el mundo interior revienta avasallador. Federman filma la insistencia de un enigma que se sostiene, pero que se hace presente con el sonido compartido. El cuerpo de Lorenzo se vuelve el territorio de una traducción imposible.
Valle de Aburrá, Antioquia