Un aparato para detectar fantasmas

Un aparato para detectar fantasmas

Año:

2025

Duración:

14 MIN

País:

Colombia

Idioma:

Español

Dirección:

Mauricio Maldonado

Producción:

Jenny David

Guion:

Mauricio Maldonado

Fotografía:

Mauricio Maldonado

Montaje:

Mauricio Maldonado

Sonido:

Deivy Borja

Música:

Jaime Carvajal

Elenco:

John Bedoya

Samuel Velásquez

Stiven Zapata

Deivy Borja

Horarios

Fecha/HoraTeatroCiudad
Jueves 10 de septiembre |
4:00 p.m.
Centro Colombo Americano - Sede centro - Sala 1 Medellín

Dirección:

Mauricio Maldonado

Director, guionista y productor colombiano. Cofundador de Cosmódromo Cine, una casa productora con sede en Medellín. Estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad de Antioquia. Sus cortometrajes se han proyectado en el IFFR, el FICVALDIVIA, el Curta Kinoforum, el VLAFF, el BOGOSHORTS, el FICCI, el VIFF, el BUSAN, el FICCALI, el Kurzfilmtage Winterthur, el Cinema Jove y La Habana. Su película Merecemos un imperio participó en la Competencia de cortometrajes de Cinemancia 2024.

Esta película hace parte del programa especial dedicado al cortometraje colombiano reciente, “El espesor de las formas”, y se proyecta con:

 

El cazador, de Luciana Riso y Manuel Villa
Las formas de la magia, de Maria Paula Lorgia
Sombras en la niebla, de Pedro Pablo Vega
Ya se ven los tigres en la lluvia, de Oscar Ruiz Navia

Sinopsis

Sinopsis

Un director de casting regresa a la ladera de la ciudad para reunirse con un actor no profesional y volver a grabar voces para terminar la posproducción de una película. La fantasía y la imaginación chocan bajo la sombra del bosque, donde el juego y la repetición convocan a fantasmas cómplices de la ficción. El encuentro de trabajo con el actor rápidamente se vuelve otra cosa: una experiencia casi de trance, una búsqueda de presencias, un ejercicio de observación y fe.

Reflexión

Reflexión

Reflexión

Reflexión

Cuando el fantasma se asoma, produce un sonido gutural, como el gemido de una bestia cautiva. La bestia suplica, se lamenta y llora. Parece perdida. Agonizante. Está y no está en la imagen: sus susurros son como una huella; como el rastro de una presencia que luego se manifiesta en la luz blanca y parpadeante de un parque en el barrio Manrique de Medellín. O en el humo del bareto de Samuel, que viaja de boca a nariz, de nariz a garganta, se traslada al corazón, merodea por los alvéolos pulmonares, sube al cerebro y finalmente crea la poderosa imagen virtual… Cada uno amasa el cuerpo de su fantasma según su oreja y su imaginación. Yo lo veo caído, roto, como un trueno. Enseguida desaparece, interrumpido por el bostezo. Jhon Bedoya, el director de actores que aborda a los chicos, tiene algo de Caligari. Es un titiritero manipulador que hipnotiza los cuerpos, los doblega y los hace sentir como él quiere que sientan. En ese sentido, Samuel es como un Cesare adolescente. Está adormecido dentro de su cotidianidad, como en un sarcófago. Pero los sonidos que emite Bedoya en sus orejas hacen que Samuel viaje a su mundo interior y regrese asombrado con los ojos abiertos: no logra predecir el futuro terrible como lo hace Cesare, pero sí detecta un ente del más allá, un muerto que de repente asoma la cabeza y nos mira, como si estuviéramos con un prestidigitador en una película de terror. En ese segundo, después de haber repetido y repetido el texto, los ojos de Samuel se llenan de una verdad sublime que enseguida rebota hacia el espectador y lo estremece. El espectador siente miedo y tristeza, aunque también se siente atravesado por un espíritu que lo ha dejado emocionalmente muy arriba, en éxtasis. Al final vienen la celebración, las risas y la felicidad de haber hecho cine de manera colectiva. Aquí Cesare no es un asesino. Cesare es un creador. Cuando una imagen es terrible o incómoda, uno tiene la libertad de cerrar los ojos para detener todo tipo de influencia. Sin embargo, como dice Pascal Quignard, las orejas no tienen párpados y el sonido le atraviesa a uno el cuerpo de manera subrepticia, como un espíritu intrépido que invade el alma indefensa. El sonido llega hasta los tuétanos, alborota nuestra subjetividad y hace que la mente se convierta en un espacio infinito, un espacio donde hay múltiples puntos de referencia, donde uno es libre y debe realizar su propia película. Este cortometraje es un elogio de la escucha y deja claro que, frente a las limitaciones de la imagen, el sonido es un recurso cinematográfico mucho más eficaz para estimular la imaginación del espectador.

MARLON VARELA

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