2017
9 MIN
Chile
Español
José Luis Torres Leiva
Catalina Vergara
Mariana Tejos
José Luis Torres Leiva
Cristian Soto
José Luis Torres Leiva
Claudio Vargas
Roberto Espinoza
Amparo Noguera
Julieta Figueroa
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Lunes 7 de septiembre | 6:00 p.m. | Teatro Caribe | Itagüí |
Es director, guionista y productor. Estudió en la Universidad de Artes, Ciencias y Comunicación (UNIACC) de Chile. Sus películas se han proyectado en diferentes festivales del mundo y han recibido premios importantes. Su primer largometraje, Ningún lugar en ninguna parte, se estrenó en el 2003 y, desde entonces, ha construido una importante filmografía que, con pocas alteraciones sobre intereses y sobre el corazón de los procesos heterodoxos, con cada nuevo título encontraba una renovada manera para practicar la más contundente precisión con los materiales del mundo (más paciencia y más atención) y, al mismo tiempo, más vértigo emocional a través de la extensión de un plano. Su filmografía, ya desde sus títulos, da cuenta de su persistente exploración de relatos íntimos y territorios diversos. En general, es una obra que se ha sabido mover entre distintos formatos, géneros y modos de producción, utilizando eso a favor de una búsqueda artística en cuyo centro gravitan las preguntas éticas sobre el otro o el lugar de los sentidos en la materialidad del cine. Además de cineasta, es profesor universitario. En Cinemancia se proyectarán 11 de sus películas.

No sabemos muy bien cómo pero, de manera inesperada, ha fallecido la pareja de Ana. Así de intempestivo como el momento de su muerte, Ana tiene un sueño con y sobre su pareja, finalmente, después de tanta ausencia.


En las películas de José Luis Torres Leiva es usual que la literatura ocupe el lugar del sueño y el sueño el lugar de la literatura. Es decir, en este cine todos los lugares responden a un dominio tanto de la literatura como del sueño (los personajes muchas veces están concentrados en finalmente escucharse a sí mismos y descubren cosas porque prestan atención a lo que otro ha escrito ya antes). Además de esos recovecos de confusión y amalgama entre una cosa y la otra, entre la rutina y la febrícula, la risa y el óbito, las imágenes de Torres Leiva tienen una especial forma para asaltar las ideas y los sentimientos: una simplicidad ejemplar sacude, como una polka un par de piernas, el corazón de los espectadores. Existe una fuerza secreta que nace al interior de cada plano y trastorna lo que vemos con el objetivo de que todo lo del mundo se presente en su condición de asombrante. De lo contrario, cómo explicar que, apenas al principio, las cosas nos hagan temblar con tanto ahínco. Son las cosas más humildes las que mayor densidad adquieren en esta película: un escrito, la voz casi confesional, un abrigo morado, un sillón resplandeciente por la luz del sol, las sábanas blancas. El primer plano de la película nos muestra una pequeña mesa y una pequeña silla –clásica de la sección de exteriores– en lo que parece un jardín, la cámara empieza a moverse hacia adelante y el cuerpo de una mujer, que lleva un gran abrigo morado, aparece por la esquina superior izquierda del plano y, al final, termina sentada frente a nosotros. Su rostro, como el de una sibila, está listo para presentarnos las cosas más hermosas del mundo. También su rostro se va a detener en las cosas de follaje triste, de gritos y pisadas oscuras. Es un pedazo de muerte en plena cara lo que esta película nos hace descubrir, aún así, su método es uno de los más generosos: nunca en ninguna otra película un rostro de frente y un rostro escondido porque da la espalda a la cámara habían sido tan bellos, tan monumentales, tan complicadamente vivos.
Valle de Aburrá, Antioquia