1994
118 MIN
Taiwán
Mandarín
Tsai Ming-liang
Hu-pin Chung
Hsu Li-Kong
Tsai Ming-liang
Tsai Yi-chun
Yang Pi-ying
Liao Pen-jung
Lin Ming-kuo
Sung Shun-cheng
Hsin Chiang-sheng
Yang Ching-an
Hu Ding-yi
Hsieh Yang-song
Tsao Yuan-feng
Chen Chao-jung
Kang-sheng Lee
Kuei-Mei Yang
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Martes 8 de septiembre | 7:00 p.m. | Centro Colombo Americano - Sede centro - Sala 2 | Medellín |
Asociado a los cineastas de la llamada “Nueva ola” del cine taiwanés, surgida entre los años 80 y 90, el también dramaturgo y director de teatro Tsai Ming-liang ha realizado más de una decena de largometrajes, cortometrajes y numerosos trabajos audiovisuales en los últimos años. Vive L’Amour ganó el premio Golden Horse del Festival Internacional de Cine de Taipéi a Mejor Película y Mejor Director, además del León de Oro a mejor película en el Festival Internacional de Cine de Venecia, Biennale. Su estilo puede resumirse en esta declaración de principios estéticos: “El cuerpo siempre desempeña un papel importante en mis películas. Se podría decir que el cuerpo es lo más bello que tenemos, o se podría decir que es lo más feo que tenemos. Podemos vender cuerpos, podemos adorarlos o venerarlos”.

En la bulliciosa jungla urbana de Taipéi, las verdaderas conexiones humanas son escasas. Un departamento de lujo desocupado se convierte en un espacio para encuentros casuales, donde tres personas, cada una llevando una vida solitaria, comparten sin saberlo el mismo techo. Kang, vendedor de columbarios, se lleva una llave justo después de ver que la dejaron ahí. Tras un largo día corriendo de un lado a otro por el trabajo, May, representante de ventas de departamentos, y Jung, dueño de un puesto callejero, se encuentran por casualidad y surge la chispa entre ellos por la noche. Lo que no saben es que el departamento en el que May y Jung tienen relaciones sexuales es precisamente el mismo que Kang cree que puede tener todo para él solo. Juegan al escondite, con lujuria y deseo. Aun así, todo esto les hace sentir aún más profundamente su soledad y su vacío interior.


Este es el segundo largometraje de quien hoy conocemos como el gran maestro de la lluvia en todas sus variaciones. De la lluvia, de los hombres que tiemblan –de frío y de pasión–, de la angustia y del miedo a la espesura del aire. Las vidas de tres personajes, separados por sus rutinas, unidos por ese aire mortal de Taipei que abruma y penetra el ánimo, se cruzan en un apartamento que nadie quiere comprar. Todo a la deriva, así se construye la película. En una ciudad que concentra a más seis millones de personas, donde el espacio no abunda (las urnas funerarias son meras cajas de zapatos), resulta natural la violencia visual de ese dúplex vacío y la naturalidad con la que este se convierte en escenario de las fantasías de los personajes. May, la agente inmobiliaria, quiere vender propiedades, pega carteles y habla por teléfono con su jefe; Hsiao-kang, el vendedor de urnas, prepara y distribuye los folletos que anuncian su servicio; ambos son igualmente y radicalmente autónomos, en sus mundos, es difìcil sostener y fomentar relaciones personales. Ah-jung, según sus propias palabras, se dedica “a las exportaciones y a las importaciones”. Estas transacciones sospechosas suceden en la acera del City Bank de Taiwán, junto a otros importadores como él, donde una parte fundamental del trabajo consiste en estar atento a las señales de la ley. Los personajes de Tsai son solitarios —y sufren una soledad crónica—, pero sus vidas están cargadas de energía erótica. Incluso en su soledad, encuentran diversas formas creativas de dar rienda suelta a su lujuria: besar una sandía, ponerse ropa de mujer para hacer ejercicio, tener sexo en un piso vacío durante la jornada laboral, masturbarse mientras escuchan a otros tener sexo apenas mínimos centímetros por encima de ellos. Sus planos son pacientes, pero rebosan energía. No hay estancamiento: cada plano es un rediseño visual y tonal electrizante de todo lo que le ha precedido. Implacable en la mirada fija —“mirada” es una palabra demasiado atenuada para describir lo que pasa— de la cámara de Tsai, fría e imperturbable, el voyeurismo es tan objetivamente distante que convierte la desesperación en una forma de abstracción burlesca. La película nos sumerge, es acuática y viscosa, en un mundo que provoca mareo, donde el dolor y el deseo tienen toda la lasitud reprimida y muda de la comedia muda, solo que las caídas cómicas se han desplazado hacia la indiferencia casual, la crueldad y la humillación de la vida cotidiana. El título es una broma ácida: buscaremos temporalmente el vago rastro de un amor; después —con las manos vacías, pero sin desanimarnos— el halo de un poco de calor humano; será un esfuerzo en vano, salvo algunos destellos, dos o tres impulsos pasajeros. Severo e inquietante son los dos adjetivos para el contacto: los participantes de este inusual triángulo no son solitarios, sino personas solas, y eso acaba pesándoles. Se inicia un ir y venir que no tiene nada de amoroso sino que es silencioso, en el que o bien se evitan o bien se pierden, en cualquier caso, deambulan.
Valle de Aburrá, Antioquia