2026
85 MIN
Santiago Flórez Rincón
Español
Santiago Flórez Rincón
Invasión cine
Guateque cine
Santiago Flórez Rincón
Juan Manuel Corredor Quimbayo
Sebastián Céspedes
Santiago Flórez Rincón
Santiago Flórez Rincón
José Delgadillo Gaviria
Diana Martinez Muñoz
Omar Flórez de Armas
Omar Flórez de Armas
Yadira Emilze Rincón Rincón
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Jueves 3 de septiembre
| 7:00 p.m. | Teatro Comfama Alfonso Restrepo Moreno. | Medellín |
Santiago Flórez es director, productor y editor graduado Universidad Central de Colombia. Su trabajo se centra en la dirección y la producción y abarca también asistencia de dirección, edición, sonido directo y escritura. Ha realizado tres cortometrajes presentados a nivel nacional. En 2023 fue montajista de Perros de niebla (dir. Andrés Mossos) entre 2023 y 2024 se desempeñó como asistente de dirección en Forenses (dir. Federico Atehortúa). Su experiencia incluye además la coordinación académica del festival BIFF BANG y la curaduría en el festival de cine FICUC en 2022 y 2024. Actualmente es profesor de cátedra en la Universidad Central.

Todas las canciones del mundo es un relato minimalista de un hombre que vive con estoicismo el derrumbe de toda su vida. Omar, un maestro de música andina, tras 25 años dedicados a la enseñanza en una universidad pública, se enfrenta al cierre definitivo del programa en el que trabaja. Los estudiantes no parecen tener ningún interés en la música a la que él le ha dedicado toda su vida. La burocracia universitaria tampoco entiende el valor de su trabajo. Todo esto enfrenta a Omar a un viaje personal de transformación. Omar vagabundea por la ciudad entre conciertos, ensayos y aulas de clase vacías, reconstruyendo su vida y haciéndole el duelo para un mundo que está en retirada.


En un escenario que es la Universidad Nacional de Colombia y al mismo tiempo es todas las universidades del mundo, y en un una ciudad que es Bogotá y al mismo tiempo es todas las ciudades del mundo, un hombre, apenas viejo por lo que su cuerpo nos revela (tiene que tomar más té de aguacate, no puede olvidar sus pastillas y tiene como obligación hacer sus ejercicios para el cuello; sin contar que su caminar es ahora durmiente y algo menos que cansado; sin embargo, juega con un frisbie, canta en el karaoke y, virtud curiosa, nunca deja de caminar, a pesar de este o aquel dolor), experimenta un ocaso. Es el fin de una parte de su vida. Una de las claves geniales de esta película es que eso que no es ocaso y que pasó antes de lo que vemos queda deslizado apenas hacia los bordes de la película, además de bastante dilatado en la duración de lo que vemos. Lo importante no es conocer una gloria pasada. No importa en absoluto. Lo definitivo es la angustia de un final, un cierre inmerecido y, de tan banal, cruel. Cierre fuera de la altura de los hechos. Cierre que, por otro lado, da una condición del presente. El tiempo que corre clausura el conocimiento, opera con la tonta fórmula de oferta y demanda. Su núcleo duro es una filiación contemporánea al detenimiento de las cosas. Tiene sentido: la película cierra cosas, alude a finales, hace una especie de duelo por las cosas que antes significaban algo. La película son señales de expiraciones, aunque siempre es luminosa, incluso muy divertida. En otras palabras, la puesta en escena, rígida, compacta, sin desfases, muy seria –a pesar de los chistes–, privilegia una amplitud (Bogotá se ve muy fiel a su condición de sabana) y una espera temporal muy democrática: la extensión de un plano no corresponde a la acción que vemos desarrollar, la duración de un plano extiende una sensación total y multiplicada de la película. Es esa atmósfera de extraño presagio, de hechizo a punto de ser conjurado, de piadoso reconocimiento de una falla (en el terror de la confesión católica, por ejemplo). Es una atmósfera definitivamente crepuscular, de posesión de la incertidumbre. Es la entrada en un sueño que va a cambiarlo todo y cuyo resultado final será esquivo. Todas las canciones del mundo consiste en un trayecto, largo y sinuoso, que toma tiempo. Allí, a pesar de posibles premuras, nada es expeditivo. Esta puesta en escena tan democrática –incluso el cambio de formato no es una ligereza o un “respiro”– y tan entregada de lleno a la rutina, al denso y, paradójicamente, rápido trámite, deja a la música como el espectáculo realmente bello y vertiginoso que es. Para eso es vital que no haya nada espectacular ni ninguna cadena de alteraciones anímicas, incluso pudiendo naturalmente existir. Una sorpresa va revelando la película: el encuentro, a la vez, de la vinculación secreta entre la máxima seriedad y el reto cómico que proviene de hacer lo que sería una situación ridícula un escenario transparente de, palabra pesada, la mismísima realidad. Tenemos la escena del anuncio definitivo del cierre de la oferta académica (cuatro planos desopilantes pero fieles a la seriedad de lo distinguidamente burocrático). También la escena del karaoke (dos planos) y la escena de la clase que termina en prospecto de negocio. Es claro que estamos ante una novedad en el cine nacional ¿Existía ya una o varias películas así? Tan decididas a hacer de su materia de avance la densidad de la música y su belleza. Todas las canciones del mundo es muy generosa porque, por un lado, comparte un secreto sonoro: revela la música, sus meandros, su cuerpo completo, la felicidad de saberla conjurar. Por otro lado, como develando un secreto, lleva el compromiso hasta las últimas consecuencias: cada plano está filmado como si lo que está al frente fuera, sin deslices, un músico tocando su instrumento, incluso si, obviamente, lo que vemos no es más que lo nimio, lo rutinario o lo descorazonador. De ahí su elemento orquestal en crescendo. Y el final de la película, cierre supremo de alegría: sólo con la rigidez se superó la rigidez. Nada más hermoso que el sonido de esa pequeña flauta de madera.
Valle de Aburrá, Antioquia