2036
61 MIN
Colombia
Español
Daniel Torres
Los niños films
Manuel Ponce de León
Daniel Torres
Daniel Torres
César Jaimes
Daniel Torres
Daniel Torres
Emma Restrepo
Sonia Marcela Mendez
Sara Johanna Torres Zamora
Mariana Segura
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Miércoles 9 de septiembre | 5:30 p.m. | ITM – Facultad de Artes y Humanidades (Sede La Floresta) | Medellín |
Daniel Torres estudió arquitectura en Cornell University, donde se graduó en 2014 con el proyecto de tesis Burn After Viewing (11 min). En 2019 hizo Superficies (21 min) en el laboratorio Desde el Río de Residencias Walden. Su trabajo explora manifestaciones de la memoria a través del espacio y la materialidad usando procesos análogos en 16mm y participando de procesos de cine comunitario, especialmente con la Fundación Arcupa. Ha diseñado e impartido varios talleres de cine expandido y desde el 2024 ha estado acompañando el proyecto Retorno de Yuruparí de Proimágenes como tallerista de los talleres “Remontar” y “Recetario”.

Lolita en Honda es una película de Daniel Torres sobre su abuela y los recuerdos de su infancia, desentrañando los miedos y la agresión que le permitieron sobrevivir a la pobreza y el abandono. A través de una película 16mm en blanco y negro, llena de manchas, destellos de luz y visiones oníricas, la peícula crea un mundo documental que da vida a la memoria de su abuela. Mediante recreaciones, entrevistas y visiones surreales, el director representa la violencia internalizada que su abuela aprendió y transmitió para sobrevivir, explorando cómo estos traumas se perpetúan de generación en generación. Esta historia se convierte en un mito de origen que explica las huellas profundas del trauma intergeneracional causado por la pobreza y el abandono.


el universo está hecho de historias, no de átomos
La velocidad de la oscuridad, Muriel Rukeyser
Solo su corazón conoce las diminutas sílabas de lo que no dice, los duros enigmas con que teje su silencio.
Lo que no fue dicho, José Zuleta Ortiz
La frase “érase una vez” es una fórmula de apertura que nos sitúa inmediatamente en el territorio del relato, nos ubica en un umbral que nos invita a un pasado que no se define, nos prepara para entrar a un espacio donde la memoria se vuelve significativa y es perentorio mantenerla viva activando un imaginario colectivo. Podemos hablar de un tiempo mítico, de un espacio sagrado fabulado, en donde todo comenzó y la semilla de la historia echó raíces. “Érase una vez, en el fondo de un largo y profundo valle una niña y un perro”, así comienza el relato animado que nos presenta Lolita en Honda, una historia con un inicio, un desarrollo y un desenlace, en la que la inocencia debe aprender a mirar a la oscuridad a los ojos. Una historia que se entrelaza y confluye con otra historia, con una que no logra ser contada, que, al intentar rememorarla, remueve heridas y despierta sufrimientos apaciguados por el tiempo. En Honda quedó sepultado el pasado de Lolita, un pasado que para ella no vale la pena recordar, historias atoradas en un nudo de desasosiego y dolor que prefiere no revivir, pero en las que, quizá, se encuentran escondidas respuestas para explicar la forma en la que su linaje habita este mundo y entender el origen de alguna herida generacional. El director/nieto/investigador Daniel Torres se enfrenta así a un dilema a la hora de escarbar en busca de ese relato íntimo y familiar que le es esquivo ¿Cómo contar aquello que permanece escondido e inaccesible? ¿Cómo filmar aquello que se rehúsa a salir a la luz? Su respuesta es crear una forma cinematográfica capaz de convivir con los vacíos, que se alimente de fantasmas y se nutra de la deriva. Un cine que se planta frente a su problema y lo vuelve fondo, que ilumina el inconveniente de zambullirse en memorias ajenas, para aprovechar lo poco que sale a la superficie y navegar por las márgenes, justo ahí en donde anida el juego y la libertad reina. Su opción es atomizar la historia, fragmentar aquello que se relata. De esta forma se permite representar a Lolita en varios cuerpos y múltiples voces, desarticular las entrevistas familiares y filmar el periplo del esfuerzo interpelando a las imágenes para poder contar aquello que puede contar. Palabras grandilocuentes deambulan entre las luces y las sombras con las que se construye Lolita en Honda: herencia, herida, violencia, memoria, legado, trauma; todas ellas con un peso denso que se va matizando y se va tornando liviano al confiar en el poder de las imágenes que parecen extraviadas en un tiempo frágil y al mismo tiempo eterno. Antes que hurgar, demandar y exigir respuestas, la aceptación y el afecto logran abrirse camino entre las escenas, se establece en el celuloide la posibilidad onírica de enfrentar a la oscuridad, de mirarla a los ojos, de avenirse en ella. Daniel Torres captura con devoción los recuerdos de Lolita que logran abrirse camino en el presente mientras imagina situaciones y las pone en escena para darle potencia a una historia compartida, una historia que hace eco entre diferentes voces y convierte al cine en el lugar idóneo para fabular y conjurar aquello que a veces se torna innombrable.
Valle de Aburrá, Antioquia