2026
76 MIN
Colombia, Alemania
Español
Canela Reyes
César Alejandro Jaimes
Los niños films
Jarana cine
Fasmas cine
Laura Nogal
Canela Reyes
César Jaimes,
Jose Oliverio
Manuel Ponce de León
Laura Nogal
Luis Fernando Rojas
Canela Reyes
César Jaimes
Antonio Ponce de León
Jose Oliverio Ospina, “Pacho”
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Martes 8 de septiembre | 5:30 p.m. | ITM – Facultad de Artes y Humanidades (Sede La Floresta) | Medellín |
| Miércoles 9 de septiembre | 4:30 p.m. | Centro Colombo Americano - Sede centro - Sala 1 | Medellín |
Es una cineasta e investigadora colombiana cuyo trabajo reflexiona sobre las nociones de comunidad, imaginación, muerte y memoria. Su primer largometraje, La Bonga (2023), codirigido con Sebastián Pinzón, ganó Mejor Ópera Prima en Cinéma du Réel (París) y Mejor Documental en Cinélatino Toulouse, entre otros premios en 60 festivales. Su segunda película, Las almas ni los ojos (2026), ganó Mejor Dirección en el Ficci 2026. Canela coescribió, coprodujo y lideró la investigación de Lapü (Sundance, Berlinale 2019), y participó como coguionista y asistente de dirección en Carropasajero (Visions du Réel 2024) y en Los sueños viajan con el viento (Sheffield DocFest 2024). En 2023, recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar por su pódcast “Padre, Tierra”. Estudió Antropología y Literatura en la Universidad de los Andes en Bogotá. Ha trabajado como documentalista para la Fundación Gaia Amazonas y la Friedrich-Ebert-Stiftung en Colombia, y ha sido jurado en muestras y festivales de cine. Actualmente finaliza su último largometraje, Gigante. Canela es cofundadora de Jarana Cine, productora enfocada en el cine híbrido y participativo.
Estudió cine en la Academia de Artes Guerrero y en la Escuela de Cine de Unitec. Es director de los largometrajes Lapü (2019), estrenado en Sundance y la Berlinale y reconocido en festivales como DocsBarcelona, Documenta Madrid y Doker Moscú, y Carropasajero (2024), estrenado en Visions du Réel. También dirigió el cortometraje Portete (2017), exhibido en L’Alternativa Barcelona y el Ecuador Experimental Film Festival. Es cofundador de la productora Los Niños Films y ha desarrollado proyectos expositivos vinculados a sus películas, como Lugar en sombra (2019) y ¿Cuántas lluvias cayeron? (2025).

Pacho vive lejos de su pueblo de infancia, del que se vio obligado a huir hace medio siglo. Una mañana, encuentra una vieja fotografía que lo arrastra a un viaje imaginario de regreso a su tierra natal. A través de la memoria, el grano fílmico y universos llenos de estrellas, Pacho inicia un retorno interior, en el que deambula por las calles desiertas de su pueblo. Allí, rostros del pasado emergen de las sombras para confrontarlo con la violencia que marcó su vida. Las almas ni los ojos reimagina una de las primeras fotografías de la violencia moderna en Colombia, transformándola en un territorio vivo donde la imaginación se convierte en un acto de resistencia, sanación y confrontación con el trauma colectivo.


“Todo viaje es iniciático; de modo parecido, una iniciación no deja de ser un viaje.”
Teoría del viaje: Poética de la geografía, Michel Onfray.
“Quisiera regresar
¿Qué sentido tiene imaginarme que regreso?”
Pacho
A orillas del río Magdalena, Pacho deambula por un municipio que no lo vio nacer. Hace ya tiempo que llegó a este pueblo después de huir de Anserma con tan solo 15 años. Su desplazamiento fue forzado, como el de muchos, aterrado por la violencia que ha marcado a Colombia y se resiste a desaparecer. Una violencia que nos conecta a todos, que nos interpela entre imágenes aterradoras y dolorosos recuerdos, que deja heridas profundas que demandan contención, consuelo y atención. Cuando los estragos de la violencia permean la mirada, el tiempo y la memoria, todo se alinea para que, al ver una fotografía del linchamiento de Juan Roa Sierra, Pacho sea inducido a un viaje de regreso, a una travesía que resguarda el sinsentido que no entienden ni las almas ni los ojos. César Jaimes y Canela Reyes no hicieron una película, confeccionaron con empatía y esmero un artilugio en blanco y negro que conjura el tiempo y el espacio para transportarnos al punto primigenio, deslizarnos entre los sonidos electroacústicos creados por Jaqueline Nova, transportarnos por ondulaciones sonoras que nos llevan a la conciencia del universo e ingresar en un pasaje lóbrego, por el cual Pacho merodeará a través de sombras por un lugar sin coordenadas, sin duración, ni deseos. Su recorrido, impulsado por el encuentro de una mirada con viejos ojos curiosos, lo llevará a senderos olvidados para desenterrar la memoria enquistada, a regresar para tantear vestigios de aquello que es innombrable, o perseguir recuerdos ahogados por el paso del tiempo. Si el cine mira cómo trabaja la muerte, Las almas ni los ojos nos recuerda que lo importante de aquella célebre frase no es la muerte, sino la mirada, con todas las paradojas que esta carga: poder, conexión, inacción, conocimiento, perversión, compasión. Cuando Pacho comienza su periplo hacia otras realidades sus ojos se abren a más no poder, su tarea será mirar; así como los curiosos que fotografía Sady González junto al ataúd de Juan Roa Sierra nos miran mientras los miramos, de igual forma los ojos de Pacho van en busca de una mirada espectral que conecte con sus ojos. ¿Qué más hay que ver ahí donde nace el horror? ¿Cómo mirar más allá del asedio de la sangre y el dolor? ¿Dónde debemos poner nuestra mirada para desterrar de una vez por todas el terror? El compromiso de Pacho será reconocerse en los otros, en esos gestos que él vio cuando se fue de su pueblo; en ese sentimiento que encuentra en muchos lugares, en muchas épocas, en muchos rostros. Sin embargo, para José Oliverio Ospina, “Pacho”, no hay bienaventuranza en ningún viaje imaginado; el artefacto mediante el cual se representa su viaje es tan solo un espejismo, una ilusión, un tren de sombras, la huella de una realidad que se torna sin volumen frente a la pantalla y en donde solo habitan espectros. No hay forma para él de devolver el tiempo, tan solo podrá eternizar su imagen en un artilugio que ayudó a construir y del cual es parte. Al final, Pacho cantará dos estrofas del himno nacional, caminando entre los columbarios de Beatriz González por el cementerio Central de Bogotá. Mientras canta, cambiará la palabra Orinoco por río y Bárbula por pueblo, eliminando los nombres que designan elementos particulares, para abrazar a todos los ríos y a todos los pueblos de Colombia, porque los despojos, la sangre y el llanto atraviesan a todo este territorio agobiado y doliente; así como lo atraviesa el río Magdalena naciendo en el sur en el departamento del Huila y recorriendo cerca de 1.540 kilómetros hacia el norte hasta desembocar en el mar Caribe, en su cauce, bajo un sol brillante que todo lo ilumina, termina nuestro viaje que una y otra vez fue sostenido por pasillos, guabinas y bundes honrando la tradición popular de un territorio que, a pesar de todo, sigue vivo y en constante movimiento como el río. Si la pregunta del cine colombiano ha sido “¿Cómo abordar los estragos de la violencia?” Las almas ni los ojos se erige orgullosa para decirnos que la mejor forma posible es mediante un compromiso profundo con el otro, con su memoria, su camino y su mirada.
Valle de Aburrá, Antioquia