1978
85 MIN
Alemania
Alemán
Elfi Mikesch
Elfi Mikesch
Laurens Straub
Elfi Mikesch
Elfi Mikesch
Elfi Mikesch
Elfie Tillack
Gerhard Jensen
Sabine Bormann
Carmen Rossol
Ruth Rossol
Tito Rossol
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Viernes 4 de septiembre | 7:00 p.m. | La Capilla del Claustro Comfama | Medellín |
Elfi Mikesch (1940) es una cineasta austríaca-alemana. Ha trabajado como fotógrafa, directora de fotografía y directora, y desde 1976 realiza sus propios largometrajes y documentales. Como directora de fotografía, ha colaborado con directores de renombre como Werner Schroeter, Rosa von Praunheim, Monika Treut y Harald Bergmann, perteneció a un círculo cinematográfico feminista y queer de los años 70 y 80 que se movía entre Hamburgo, Berlín y Nueva York. Además, es miembro de la Academia de las Artes de Berlín, en la sección de cine y artes audiovisuales desde 1991. Su obra tiene una sensibilidad radicalmente personal y está atravesada por temas como el género, el cuerpo, la identidad, los espacios íntmos y las formas de representación.

Carmen tiene 16 años. Pasó su infancia en el barrio berlinés de Kreuzberg, pero ahora vive con su mamá Ruth y su hermano Tito en un complejo de viviendas sociales a las afueras de la ciudad. Su papá, un soldado puertorriqueño, los abandonó. Lo único que les queda como recuerdo de él es un puñado de postales exóticas y su colección de discos de música caribeña y hawaiana. La mamá Ruth trabaja como limpiadora. Carmen sueña con convertirse en bailarina. Habla con seriedad sobre su vida cotidiana y sus sueños. Con un maquillaje recargado y vestidos extravagantes, representa sus fantasías frente a la cámara. Inspirado en la estética camp de las películas underground estadounidenses, el documental de Elfi Mikesch celebra, sin temor al patetismo ni a la grandilocuencia, la “pequeña escapada” de una adolescente de las restricciones y rutinas de la vida cotidiana. Al acercarse a su protagonista en términos de igualdad, la directora utiliza tanto la imagen como el sonido para desarrollar una visión de un mundo tropical alternativo como contrapunto a los áridos proyectos de Gropiusstadt en Berlín Occidental.


Cuando te sientas muy sola
Y cuando quieras llorar
Vete a la orilla, chiquilla
Vete a la orilla del mar
La primera película de Elfi Mikesch es una extraña belleza. Su obra contiene desde el comienzo un universo por descubrir, un cine que observa la realidad para después jugar con ella. En Muchas veces pienso en Hawái, la imaginación de una adolescente llamada Carmen es un punto de fuga. Hawái, El Salvador y Alemania pueden encontrarse aunque no exista entre ellos una geografía común porque la imaginación es capaz de inventarla. Entre esta película y ¿Qué haremos sin la muerte? hay un diálogo sobre la vida, la muerte y la imaginación. Más allá de la edad y la rutina de los personajes siempre hay lugar para soñar, fantasear o simplemente desear. En ambas películas, el espacio doméstico se vuelve escenario y la casa se convierte en una zona de juego y pensamiento aunque aparentemente esté llena de monotonía, trabajo o enfermedad. Las puestas en escena que Mikesch construye junto a las personas que filma revelan la energía contenida en esos espacios y hacen que lo familiar comience a resultar extraño. Realizadas con la plena complicidad de sus intérpretes, estas escenas son una herramienta autoral y un juego compartido que permite que aparezca lo que la observación por sí sola no puede encontrar. En una conversación con Christoph Hübner, Mikesch habló justamente de su método como un trabajo lúdico y colectivo. Para ella, jugar permite construir una relación y abrir un espacio de confianza donde pueda surgir la espontaneidad. Mikesch filma sabiendo que la imaginación no necesita demasiado espacio para existir. Los cuerpos quietos, cansados y aburridos en realidad no lo están tanto, en ellos hay una vitalidad y una energía que la puesta en escena es capaz de liberar para interrumpir lo productivo y dejar espacio para la especulación. Hawái se convierte así en una pequeña insurrección contra la rutina, un lugar que no necesita existir físicamente para transformar lo cotidiano. Carmen tiene la llave para abrir esa grieta. Finalmente, después de atravesar un mundo de representaciones, fantasías y encuentros construidos con su madre y su hermano a través de la ficción, la película se despoja de sus artificios para registrar una conversación madre e hija. Es una escena sencilla frente a todo lo que hemos visto antes, pero precisamente por eso revela algo que las escenas imaginadas (e imaginarias) habían estado buscando: un encuentro. Antes de que la película termine, Carmen habla de los finales de las novelas románticas, sus preferidos “Un final feliz significa superar las dificultades y estar juntos”. Mientras vemos la película y acompañamos a los personajes en sus trabajos y en lo que parece repetirse de manera interminable, recordamos que cuando trabajamos, cuando nos cansamos o cuando queremos llorar, todas pensamos mucho en Hawái.
Valle de Aburrá, Antioquia