2026
93 MIN
Colombia
Español
Deimer Quintero Vertel
unSolnegro
Deimer Quintero Vertel
Juan Cañola
Carolina Mejía Salazar
Deimer Quintero Vertel
Deimer Quintero Vertel
unSolnegro
unSolnegro
Deimer Quintero Vertel
Juan Cañola
Carolina Mejía Salazar
Abel Villa Romero
Santiago Gallego Escudero
Deimer Quintero Vertel
unSolnegro
Jaime Carvajal Giraldo
Juan Esteban López
Víctor Negrete Barrera
Margarita Vertel Anaya
María Isabel Conde
Rafael Quintero Petro
Alfonso Quintero Petro
Horacio Artiaga Funieles
Luis Gabriel Artiaga
Horacio Artiaga Banquet,
Yenifer Artiaga Banquet
Jesús Andrés Artiaga,
Deimer Quintero Vertel
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Sábado 5 de septiembre | 7:00 p.m. | Centro Colombo Americano - Sede centro - Sala 1 | Medellín |
Deimer Quintero Vertel es diseñador de sonido y director de cine. Máster en realización de documentales. Ganó el Premio Nacional de Cultura en 2025 por su ópera prima El hogar fue sepultado en esa tierra que nunca pudimos encontrar y actualmente está produciendo su segunda película, “El mundo imaginado”. Ha sido coproductor, diseñador de sonido o técnico de sonido en más de 40 películas seleccionadas para festivales como FIDMarseille, Berlinale, Rotterdam, FicValdivia, entre otros. Es cofundador y codirector del laboratorio Archipiélago Sonoro.

Una película que explora el dolor que perdura tras un acto de violencia. Un viaje donde se habitan sueños y pesadillas creados por las huellas de la desaparición del ser amado. Entre memorias familiares, archivos y presencias que persisten bajo la piel, la película sigue el pulso de una tierra que continúa llamando a quienes fueron obligados a abandonarla.


“Solo se puede rescatar la realidad física llevándola más allá de sí misma, no duplicándola. Es a partir de ahí que el cambio comienza”
Frieda Grafe
En la ópera prima de Deimer Quintero, la palabra y la imagen nos ofrecen dos comienzos que confluyen para generar una conexión prodigiosa. Su fricción generará chispas sombrías que alimentarán la construcción de una memoria colectiva, de un espacio más allá del tiempo y un tiempo más allá del espacio. La palabra será hogar, la imagen será el agua. Dos símbolos que inauguran un viaje entre recuerdos prófugos y anécdotas colmadas de una angustiada nostalgia. Hogar, la primera palabra, es el sujeto paciente que encontramos en la poética frase que sirve de título a la película: El hogar fue sepultado en esa tierra que nunca pudimos encontrar. Una palabra que nos habla de pertenecer, de albergar, de proteger; representa el lugar desde el cual las personas se reconocen a sí mismas, establecen vínculos, conservan una memoria y se relacionan con un territorio. El hogar es la meta de odiseas, búsquedas espirituales y transformaciones psíquicas. La primera imagen es la del agua, la cual percibimos en constante movimiento en los planos iniciales de la película, una imagen que nos vincula al flujo, al paso del tiempo, al cambio; una imagen que nos ubica en un momento de regreso, conscientes de que volver no significa necesariamente regresar al mismo lugar, porque el agua —y nosotros— ha cambiado, no somos los mismos. El hogar es una morada fija, el agua es un río en movimiento. Con estos dos elementos podríamos crear una intersección para la película, un punto que pervive en la construcción de una memoria espectral y expandida, entre algo que se busca y no se encuentra, pero sabemos fijo (una estructura, una materia sólida), y algo que palpita, es inasible, y vive en continuo movimiento (aquello que se desplaza, se transforma). Es justo este punto de encuentro de donde brota la alquimia con la que se moldea la experiencia cinematográfica de la película. Al tener como núcleo la idea de un lugar que ya no existe y su añoranza y deseo de recobrarlo, organiza con meticuloso cuidado todos los elementos que conforman la película, para suspender su respiración y movimiento sobre este núcleo que recubre. En esta espiral de ritmo cansino e imágenes difusas, de sonidos lóbregos y ruidos sombríos, habita el ímpetu de la película, una sensación que irrigara todo su metraje, que nos envuelve, nos absorbe, nos captura de forma hipnótica, nos atrapa en una experiencia que nos lleva de la mano en una narración polifónica. Una obra que mediante potentes paisajes sonoros carga de sentido las imágenes con las que teje e imagina un espacio de comunión. Agotados del cine enfocado en la primera persona, Deimer Quintero erige la primera persona del plural para construir una película en donde las voces de sus familiares, sus recuerdos, anhelos, sueños y anécdotas, funcionan como una polifonía que oscila entre el dolor de la pérdida y la fuerza del afecto, creando un espacio en donde la memoria es maleable e ingobernable. Ahí donde una bola de fuego se ha tragado todo, ahí donde el silencio y la oscuridad cubrió al mundo, ahí donde la casa grande está vacía; ahí también hay una voz que apacigua una zozobra, una frase que acaricia nuestros oídos “A invierno le gusta que le soben la nariz. Y a mí también”, o la voz de un niño juguetón que festeja la alegría de un gran día. El hogar, ese espacio que se ha perdido para siempre, se desplaza al espacio móvil que pervive en la unión de los seres queridos, en el encuentro con el otro para sobrellevar el dolor de las heridas compartidas. En el nombre de la película se esconde un sujeto tácito, ese sujeto es “nosotros”; al ocultarse, la frase se carga de una cadencia especial, su estructura adquiere tintes poéticos. Sin embargo, al quedar prendados entre las imágenes y los sonidos de la película, sentimos que ese “nosotros” no debía estar tácito, no podía quedar oculto, de hecho, cuando la película nos envuelve y logra hacernos participes de esa primera persona del plural, hace algo que pocas películas pueden lograr, nos hace realmente parte de esa experiencia sensorial y personal, y, así, con congoja y emoción, tampoco encontramos esa tierra para terminar la película cabalgando el tiempo juntos y descubrir que el hogar fue sepultado en esa tierra que Nosotros nunca pudimos encontrar.
Valle de Aburrá, Antioquia