2026
38 MIN
Colombia
Español
Santiago Quirama
Santiago Quirama
Santiago Quirama
Santiago Quirama
Santiago Quirama
Santiago Gallego Escudero
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Jueves 10 de septiembre | 7:30 p.m. | Centro Colombo Americano - Sede centro - Sala 2 | Medellín |
Interesado en los cines de no ficción. Realizador de los cortometrajes Parece el mundo (2026) e Hijos del cemento (2023).

Al anochecer, la casa de Héctor se convierte en un lugar de excesos. Allí ocurre la rutina de descanso donde las historias y misterios que abundan en su comunidad se comparten sin afán ni orden, delineando una silueta íntima del territorio. Esta es una película ociosa y derrochona.


Este audaz cortometraje recuerda a los experimentos del joven David Lynch cuando iniciaba su carrera de estudiante. Este atrevido laboratorio de los Santiagos Quirama y Gallego es un buen ejemplo sobre los límites a los que se pueden llevar el uso o no-uso del lenguaje y las herramientas del cine en nuestro contexto. Lo que inicia en este cortometraje como una aparente chanza o intrascendente tomadura de pelo al respetable público va mudando a ser una inquietante e incómoda historia nuestra. Historia que siempre los realizadores tienen derecho a contar de múltiples y sorprendentes maneras. Por esa vía, esta idea cinematográfica reta y provoca el ver instituido del público, a contravía de lo que ese mismo público espera. Y así debe ser. A la vez, esta idea contiene el boceto y el programa de un ideario estético de los realizadores. La brújula de un destino creativo a desarrollar y su horizonte intuido. El cortometraje Parece el mundo nos propone, así, sin protocolos ni cortesías explicativas, contar una historia sencilla de un modo diferente en el espectro cinematográfico, al menos, un uso extremo de recursos. Algunos lo pueden llamar uso de un no-lenguaje de cine, yo lo llamaré: uso de un enfoque no convencional en cine. Leer una película desde sus primeras imágenes es como leer un libro y visualizar desde el párrafo inicial el código que el mismo material propone. Desde ese presupuesto, el público usa el ver para descifrar ese yo en el diálogo con la historia, el propio vínculo. Ante la apuesta ofrecida parece ser el espectador quien estaba por fuera del juego, fuera del código. El inicio es una pantalla oscura. Luego una montaña a contraluz y aparece lo que llamaremos “voz escrita”, en una conversación de más de tres personas, entre ellas Marta, Héctor y Jesús y Ana. Aparecen sólo los textos de lo que hablan los personajes mientras, al fondo, palpita la montaña. Esa montaña, como guardián quieto, lugar donde habitan las voces escritas, es una quieta montaña todo el tiempo. Sólo se desenfocará la imágen no más de tres veces, a medida del desarrollo de la conversación, tornándose cada vez más oscura (único movimiento que veremos como cambio del paisaje). Al mismo tiempo, la imágen es acompañada por una pista sonora de un río-lluvia que irá aumentando. La montaña, la lluvia-río, la noche poblada de oscuridad como un pozo quieto, se va diluyendo poco a poco. Los personajes en todo cuento encarnan la historia, su médula. La decisión creativa y radical de los realizadores sobre los personajes es lo que provee a esta película su distintivo esencial. Esa decisión agudiza lo rotundo de esa oscuridad que nos pesa en los ojos y que se convierte en ese nosotros también a oscuras…y el sonido creciente de lluvia-río es relevado por un coro de aves, pájaros nocturnos. Es noche total y no vemos la montaña, se la tragó la oscuridad. Queda, a espaldas de la historia, esa cortina oscura, camuflaje, amasijo de sonidos, perros, gallos, pájaros, bestias, gatos, lluvia, ante un ocaso-amanecer que sentimos no-ver… Y saber que lo que no ves lo tienes que “ver” con el oído (como es ley en el teatro antiguo). Miras la pantalla otra vez y lo que ves ya no es ni el afuera ni el adentro, es el vibrar oscuro de seres que dicen algo que nos llega como rezago de lo que queda de ellos sin cuerpo, una ausencia y, al perder corporeidad, un no-estar. Esta selección ordenada, paso a paso, de los elementos de lenguaje de esta propuesta, logra acertar en decir más con sencillos y mínimos elementos. Recursos que no se agotan. Parece el mundo es una propuesta arriesgada porque va en contravía del uso convencional del lenguaje cinematográfico y en oposición al hegemónico gusto operante. Jugando, jugando la historia se va logrando, muy del modo nuestro, ellos logran contar una historia de aquí: con la ausencia de actores “corpóreos” hacen sentir la desaparición de gente viva entre los intestinos de esa montaña y esa es a la vez la quietud de eso que el cine es, quietud de la imagen en movimiento, definición por esencia de lo que es el cine. Una montaña – cúmulo de imágenes, vidas acumuladas.Es saludable el sacudón que dan al rol del espectador actual, que espera todo digerido, acorde a su molicie de ver lo ya previsto. Esto es cine al borde de un ataque de anti-cine y nos hace reconocer que estamos aún lejos de LEER ese VER que mis ojos no logran –no aprenden– a aceptar que sí es cine.Es un esfuerzo este resultado de construir desde dentro un VER nuestro, que no es “un como si fuera nuestro” interiorizado como modelo a seguir. Autoimpuesto. Este resultado huye de “parecerse” a ese molde. De ahí su acierto, riesgo y audacia. Y es el inicio de una reflexión, y, tal vez, la primera piedra de un manifiesto, un movimiento.
Valle de Aburrá, Antioquia