Una cita de amor

Una cita de amor

Año:

1958

Duración:

86′ Min

País:

México

Idioma:

Español

Direccción:

Emilio, “El indio”, Fernández

Productores:

Jorge García Besne, Alfredo Vilana, J. Luis Busto, Jorge Durán Ch., Alfonso Ahumada

Elenco principal:

Silvia Pinal, Carlos López Moctezuma, Jaime Fernández, José Elías Moreno, Agustín Fernández, Guillermo Cramer

Guion:

Mauricio Magdaleno

Direccion de fotografía:

Gabriel Figueroa

Montaje:

Gloria Schoeman, Rosa Schoeman

Esta función es posible
gracias a IMCINE.

Horarios

Fecha/HoraTeatroCiudad
Viernes 12 de septiembre | 6:30 p.m.Centro Colombo Americano - Sede centro. Sala 1 Medellín
Sábado 13 de septiembre | 7:00 a.m.Parque de los deseosMedellín

Direccción:

Emilio, "El indio", Fernández

Emilio “El Indio” Fernández nació en Mineral del Hondo en 1904 y murió en ciudad de México en 1986. Fue director y actor mexicano, reconocido como uno de los principales cineastas de su país y como representante de la llamada “Época de oro del cine mexicano”.

Sinopsis

Sinopsis

Soledad está profundamente enamorada de Román, el propietario de un pequeño rancho cercano a Bellavista, la gran hacienda de su padre. Sin embargo, las familias de ambos tienen una gran rivalidad, por lo que mantienen su relación en secreto, hasta que ella se entera de que desean casarla con Ernesto, un hombre muy adinerado de la región.Una pelea en el pueblo desencadenará varias muertes que afectarán la ya difícil e imposible relación.

Reflexión

Reflexión

Reflexión

Reflexión

En el ocaso del fulgor de la Época de oro del cine mexicano, ‘El indio’ Emilio Fernández filma la preciosa Una cita de amor, con Silvia Pinal, Carlos López Moctezuma y Jaime Fernández. El melodrama aquí se incrusta en las vísperas de la Revolución a través del amor frustrado de Soledad, la hija de un terrateniente que quieren obligar a casarse con un juez de la región, y el campesino insurrecto Román. En esta ocasión, el escritor Mauricio Magdaleno adapta la novela El niño de la bola, de Pedro Antonio de Alarcón. La fotografía corre a cargo del maestro Gabriel Figueroa, con un manejo del encuadre y el contrapicado que influiría a directores de fotografía posteriores como el gran Sergei Urusevsky. La película, al tiempo que traza las inequidades del México de El Porfiriato (1876-1911), obsequia un cine atemporal: están los misteriosos y bellos ojos de Pinal construyendo sentido más allá del encuadre, también esas secuencias, como si fueran unos motivos del muralista Clemente Orozco, donde Soledad y una de las señoras del servicio de la hacienda se encierran en la cocina, con un grupo de mariachis, a beber mezcal y a cantar el porvenir de los amores truncados, que siguen estremeciendo por su gracilidad y potencia. Por otro lado, las mejores secuencias ocurren en las fiestas del pueblo, tanto por la coreografía de los hombres y las mujeres como por sus vaivenes estéticos e icónicos, los fuegos artificiales, las miradas en suspenso, la pólvora de los fusiles de los campesinos sublevados, luego el silencio, un entablado sin tiempo donde Soledad y Román bailan agónicamente como figurillas de arena que el viento de la Revolución se llevará consigo. Hay Stroheim, Ophüls o Ford pero sobre todo hay mucho Fernández, una mirada que regaló ficciones a las entrañas del suelo mexicano que no dejan de emocionar: es lo que pasa con ese cine que no sabemos describir, pero que nace y muere en las cosas que mira Silvia Pinal cuando abre una ventana.  

ANDRÉS MÚNERA
Abrir chat