2016
104 MIN
Chile
Español
José Luis Torres Leiva
Catalina Vergara
Carolina Quezada
José Luis Torres Leiva
Cristián Soto
José Luis Torres Leiva
Andrea Chignoli
Claudio Vargas
Fernando Marín
Eduardo Gatti
Ignacio Agüero
Javiera Adrián
Isabel Molle
Leonora Muñoz
Flor Vargas
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Sábado 5 de septiembre | 4:30 p.m. | Cineprox Las Américas | Medellín |
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Miércoles 9 de septiembre | 2:00 p.m. | Centro Colombo Americano - Sede centro - Sala 1 | Medellín |
Es director, guionista y productor. Estudió en la Universidad de Artes, Ciencias y Comunicación (UNIACC) de Chile. Sus películas se han proyectado en diferentes festivales del mundo y han recibido premios importantes. Su primer largometraje, Ningún lugar en ninguna parte, se estrenó en el 2003 y, desde entonces, ha construido una importante filmografía que, con pocas alteraciones sobre intereses y sobre el corazón de los procesos heterodoxos, con cada nuevo título encontraba una renovada manera para practicar la más contundente precisión con los materiales del mundo (más paciencia y más atención) y, al mismo tiempo, más vértigo emocional a través de la extensión de un plano. Su filmografía, ya desde sus títulos, da cuenta de su persistente exploración de relatos íntimos y territorios diversos. En general, es una obra que se ha sabido mover entre distintos formatos, géneros y modos de producción, utilizando eso a favor de una búsqueda artística en cuyo centro gravitan las preguntas éticas sobre el otro o el lugar de los sentidos en la materialidad del cine. Además de cineasta, es profesor universitario. En Cinemancia se proyectarán 11 de sus películas.

A principios de la década de 1980, una pareja desapareció sin dejar rastro en los bosques de la isla de Meulín. El director Ignacio Agüero tenía la intención de rodar un documental sobre este extraño suceso, pero finalmente abandonó el proyecto. Ahora, viaja a la zona para rodar su primera película de ficción basada en los hechos y José Luis Torre Leiva, entre la búsqueda de locaciones y las audiciones de actores no profesionales, acompaña a Agüero mientras él habla con los lugareños sobre las leyendas que han surgido en torno a este misterioso suceso, quienes a menudo aportan un toque de tierno humor. La película es también una reflexión sobre el aislamiento de quienes viven en el archipiélago de Chiloé, en Chile, y una captura sus paisajes únicos y solitarios.


El viento sabe que vuelvo a casa, como La isla de Moraes, de Paulo Rocha, es una película-escuela. Se albergan en ella los saberes frágiles del cine; de ahí su particular condición intemporal. Un recetario arcano modesto y bello como un jarrón de la dinastía Ming. El artesano Torres Leiva conduce al maestro documentalista Ignacio Agüero a rastrear las huellas de una película fantasma en el archipiélago de Chiloé, al sur de Chile. El anzuelo de la fábula recae en una joven pareja de novios misteriosamente desaparecida en los bosques del lugar. Agüero habita los encuadres de la película como un animal mitológico y a la vez es un tenue viento. Él consigue adueñarse del tiempo fílmico reglado por Torres Leiva para hacérselo suyo, provisionándose de los sonidos y de las imágenes hasta las últimas consecuencias, así como el fervor con el cual Paulo Rocha filmaba a Manoel de Oliveira en Oliveira, el Arquitecto. Agüero encanta el dispositivo fabulador a su favor haciendo del otro y su escenario un jardín posible de cine propenso a florecer y no una naturaleza muerta condenada a la mirada inquisitiva de un regidor de formas plásticas. Agüero habla con los pobladores de las islas como el Coutinho de El fin y el principio, sin un cálculo premeditado y con una entrega absoluta por el cuidado del testimonio recibido, como si las palabras del prójimo fueran por un instante las alas heridas de una tórtola. La brillantez de Torres Leiva se debe a la orquestación, a la construcción devota del decorado y a la contemplación respetuosa para que Agüero pueda poblar la fábula y a la vez develarla mientras la vida en las islas sigue su marcha y sus pobladores se adhieren a ella con los ropajes de la ficción como refugio, así, la experiencia supera la descripción y la experimentación para navegar las aguas misteriosas del cine con sus encuadres sin límite, encuadres que como cajas chinas comienzan a multiplicarse a medida que la curiosidad furtiva los toca. El viento sabe que vuelvo a casa enseña precisamente eso, que las películas son grandes casas y que en sus habitaciones viven otras películas posibles esperando a ser descubiertas. En el caso de esta que nos corresponde, Ignacio Agüero tiene las llaves y qué gusto da seguirlo.
Valle de Aburrá, Antioquia