2020
21′ Min
Alemania, Colombia
Sin diálogos
Francisco MeCe
Cecilia Trautvetter
Francisco MeCe
Ute Aurand
Ewelina Rosinska
Gabriel Galíndez Cruz
Leonie Minor
Francisco MeCe
Francisco MeCe
Francisco MeCe
Louis McGuire
Francisco MeCe
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Sábado 13 de septiembre | 5:00 p.m. | Institución Educativa Presbítero Luis Eduardo Perez Molina | Barbosa |
| Jueves 18 de septiembre | 7:00 p.m. | Centro Colombo Americano - Sede centro . Sala 1 | Medellín |
Cineasta y director de fotografía, graduado de la Academia Alemana de Cine y Televisión de Berlín (DFFB) y licenciado en Artes Visuales con énfasis en Artes Audiovisuales por la Universidad Javeriana de Bogotá. Fue el fotógrafo de Todo comenzó por el fin (Luis Ospina). Desde 2024 es miembro activo de la Sociedad Colombiana de Cinematógrafos (ADFC). Su trabajo abarca diversas áreas del panorama audiovisual, creando piezas en colaboración con músicos, coreógrafos, cineastas y artistas visuales y sonoros. Sus colaboraciones han sido presentadas y premiadas en festivales internacionales de cine como el Festival Internacional de Cine de Róterdam, el Festival Internacional de Cine de Toronto, CPH:DOX, el Festival Internacional de Cine de Guanajuato, el Festival Internacional de Cine de Vancouver, Doclisboa, el Festival de Cine de Turín y el Festival de Cine de Gante, entre otros. Actualmente se encuentra en la postproducción de su nuevo largometraje documental rodado en Colombia y ganador del Premio Doclisboa al mejor proyecto de edición en el programa Arché/Doclisboa 2023.

Once metamorfosis humanas. Inhalar: es Invierno. El canto de los pájaros, la luz y la vida urbana se filtran por las rendijas de las ventanas. Espacios revestidos de paredes envuelven a nuestros hibernantes, entrelazados por gestos y rituales cotidianos. Exhalar: es primavera.


El placer del acto de crear es un ritual compartido, sin importar las diferencias o distancias. Las pupilas estáticas de un niño de bronce miran al firmamento, una mujer cose una monumental colcha de retazos con fragmentos de diferentes patrones: rombos, círculos, puntos, líneas en relieve, la percusión de la máquina textil se mezcla con la flauta sonando desde su reproductor de vinilo, mientras tanto, en otro cuarto, en otro tiempo, con otra luz, un muchacho compone partituras y acompaña a la distancia los ecos de un wok convertido, por la lógica del lavatrastos, en un gong elástico. Dos calcetines de colores diferentes son movidos por los dedos de los pies de una madre en gestación, practicando sus primeras canciones de cuna. Arropados bajo su hogar amarillo, una pareja interactúa sin tocarse: la mujer da amor con sus ojos, el hombre, absorto en su piano imaginario, se aleja distraído. Las notas de un chelo hechizado anudan el tejemaneje de apartamentos. Fragmentos de hielo en el agua flotando entre la lluvia. Un avión y su estela de humo, unas mujeres bailando, un globo aerostático, un acantilado, un mar, una gaviota, las olas rompiendo en las piedras, un puente entre la nieve: son los sueños silentes en celuloide de la vida anterior de un hombre durmiente, filmados por otro hombre encerrado en su jardín interno. Nunca se conocerán, no obstante, comparten un enlace para siempre. La moviola, los ojos, las tiras de película retrocediendo, pausando, reproduciendo, cortando, pegando. Las manos de una mujer miran esos sueños, esos registros y los montan para ser proyectados en la pared de su sala como una pequeña victoria de lo hermoso sobre lo traumático. El canto de la crisálida, de Francisco Mece, es una película acerca de la comunión a pesar del distanciamiento y de las adversidades para mantener conexiones humanas estrechas. Su título indica su búsqueda: la música proveniente de un vientre, de un embrión gestando su salida al mundo, mundo siempre nuevo y dedicado a la belleza para quien no lo ha visto en todos sus pliegues. Este cortometraje se embelesa con los rituales del hogar. Porque el tiempo, aun siendo indiferente, demuestra que la cotidianidad puede ser, y en efecto lo es, recompensa. Lo hace retratando diversas disciplinas en la intimidad de las habitaciones, los aparatos, los diminutos atisbos al exterior de distintos artistas en silencio. Porque esta es una película sin palabras dichas: toda la comunicación y transmisión entre sus componentes provienen desde las notas musicales de un vecindario donde el aire, fluyendo por los espacios cotidianos, consagra e impulsa la creación como sustrato fundamental para mirar al cielo.
Valle de Aburrá, Antioquia