2025
106′ Min
Chile
Español
Ignacio Agüero
Tehani Staiger
Ignacio Agüero
Agüero Ignacio
David Bravo
Claudio Aguilar
Claudio Aguilar
Ignacio Agüero
Marcos Salazar
| Fecha/Hora | Teatro | Ciudad |
|---|---|---|
| Miércoles 17 de septiembre | 5:00 p.m. | La Capilla del Claustro Comfama | Medellín |
Ignacio Agüero nació en Santiago de Chile.Tiene estudios de arquitectura y cine en la Universidad Católica de Chile. Ha sido presidente de la Asociación de documentalistas de Chile; jurado en festivales internacionales; productor y director de telefilms, actor secundario de numerosas películas chilenas y actor principal en dos films de Raúl Ruiz.

¿Qué les dices a tus padres fallecidos? Combinando archivos familiares y vistazos de la actualidad, el cineasta entrelaza cincuenta años de su vida con la historia de Chile. El montaje viaja a través de las épocas, entre luces y sombras, sin abandonar jamás la alegría.


Con su lenguaje lagunar de deriva para comunicarse con los que ya no están, Cartas a mis padres muertos tiene algo de parte final donde se oyen los cantos melancólicos de retirada, con la casa del propio Agüero como escenario, la casa de ventanales enormes –esas pantallas de cine que dan al jardín, a los gatos en los tejados, a los cerros, que, como ancestros de barbas nevosas, miran el transcurrir de los asentamientos efímeros–. En esta ocasión, el diálogo es con los fantasmas de sus padres, con el de su mejor amigo Pedro Meneses, asesinado por los militares, con el fantasma de Raúl Ruiz y el de Allende. Agüero nos deja entrar por el resquicio de su mente para navegar sus sueños, presentarnos los diálogos oníricos que sostiene con su madre y su padre a las orillas de un río imaginado. Nos permite pensar junto a él los misterios de lo cinematográfico, la materialidad arcana y vibrante de la que están compuestas las imágenes y al mismo tiempo pensar la historia de Chile, desde sus inicios en la escuela de cine en un país sin casi cineastas, todos exiliados o desaparecidos, siguiendo a las víctimas de Lonquén. Es curioso ese episodio del encuentro entre Ruiz y Agüero en París: Ruiz en medio del rodaje de Las tres coronas del marinero hablando de trucajes de fotografía y Agüero recién llegado a Europa con una maleta de ochenta kilos con las latas de película de lo que vendría a ser No olvidar, con el rostro silente de las mujeres de la familia Maureira buscando a sus hijos y esposos. O la historia de Francisco Cuadrado Prats, nieto del General Prats a quien Pinochet había mandado a matar, escupiéndole en la cara a Pinochet el día de su funeral. O ese diálogo metafísico que sostiene el cineasta con el padre ausente, el padre marinero que murió pocos días después de la victoria de Allende, que no pudo ser testigo del golpe orquestado desde la marina en Valparaíso, que no estuvo para vivir esos días de zozobra donde los militares torturaban a su hijo, una presencia evanescente que Agüero rastrea a tientas a través del testimonio de un líder sindical y con la huidiza memoria de la infancia que se empaña como un vidrio en los días fríos santiaguinos. Su gran amiga, la docente Alicia Vega es presencia evanescente oficiando como la voz de la madre de Agüero que le hace preguntas sobre sus películas desde el vacío y la oscuridad. El cineasta crepuscular sigue con Carta a mis padres muertos surcando las aguas elegíacas consumadas de un camino, un camino constatado a través de un cúmulo de películas que dan cuenta del pensamiento sempiterno de un cineasta único y noble, que se movió por los vejámenes de su tiempo con una fuerza animosa y a la vez delicada, como las enormes nubes que se posan sobre su jardín donde Agüero ve a sus propios muertos deslizarse como películas que se niegan a terminar.
Valle de Aburrá, Antioquia