Un techo sin cielo

Un techo sin cielo

Año:

2025

Duración:

90 MIN

País:

México

Idioma:

Español

Dirección:

Diego Hernández

Producción:

Diego Hernández

Guion:

Diego Hernández

Fotografía:

Diego Hernández

Montaje:

Diego Hernández

Sonido:

Eduardo Tumayan

Elenco:

Diego Hernández, Lizbeth Félix, Graciela Rodríguez

Horarios

Fecha/HoraTeatroCiudad
Sábado 5 de septiembre |
3:00 p.m.
La Capilla del Claustro Comfama Medellín
Martes 8 de septiembre |
4:00 p.m.
Centro Colombo Americano - Sede centro - Sala 2 Medellín

Dirección:

Diego Hernández

Se graduó de la Facultad de Humanidades de la UABC. Su obra combina metodologías documentales, experimentales y autoficcionales a través del registro de la vida cotidiana. En sus películas aborda con humor temas como el trabajo, la familia, la amistad, la memoria colectiva y el duelo, cuestionando las narrativas dominantes en torno a la violencia en Tijuana. Sus películas han sido premiadas en FICUNAM, FIDMarseille, Ji.hlava, ZINEBI, Los Cabos y FICENS. También se han proyectado en Anthology Film Archives, el Foro Internacional de la Cinemateca Mexicana, Mar del Plata, FICValdivia, Márgenes, Cámara Lúcida. Un techo sin cielo ganó el Premio a la Mejor Película Mexicana en el FICUNAM y en Los Cabos. Además, fue Ganador del Premio Seed 2025 del Fondo Príncipe Claus (Países Bajos).

Sinopsis

Sinopsis

Después de abrir una caja de zapatos que es también una reliquia especial para él, Diego comienza a sentir un severo cansancio que le impide realizar actividades cotidianas y lo deja en cama, cansado todo el tiempo, incapaz del entusiasmo. Al mismo tiempo, su amiga Liz padece de un insomnio misterioso mientras desarrolla para un trabajo de fin de curso una puesta en escena heterodoxa.

Reflexión

Reflexión

Reflexión

Reflexión

PABLO ROLDÁN

Tiene un título curioso esta película. Un techo sin cielo. ¿Qué es exactamente lo que eso quiere decir? Justamente un techo “cubre” del cielo, pero, aunque no lo veamos, el cielo está ahí. Muchas veces, cuando amerita, al techo de una casa se le dice cielo raso. La película de Diego Hernández es, entre otras cosas, sobre una casa, que es también un techo. Es sobre su casa o sobre la casa de un director de cine que se llama Diego –interpretado por el mismo Diego director, productor, guionista–  y ahora pelea con una crisis fácil de describir –está cansado todo el tiempo, lo que lo obliga a dormir de día, a dormir de noche, a dormir feliz y a dormir triste, a dormir porque está cansado o dormir porque no está cansado– y muy difícil de superar –su origen es más o menos esquivo y las implicaciones trágicas de las emociones que suscita no están del todo sometidas o lo que Diego puede hacer o no; parece que es una de esas crisis que solo se supera llegando hasta el fondo–. En la casa vive con su madre, y también con su padre. Aunque su padre ya falleció, él está dentro de la casa de miles de formas, formas tan misteriosas como concretas. La película, bendita en la intensidad de sus sobreimpresiones, oscila entre dos registros: el más directo posible para encarar esa crisis de dolor y de repentino desaliento  –revisar los viejos objetos del padre, meditar sobre lo imprevisible de la vida viendo fotos viejas, revisando con atención todas las texturas que tiene la casa: ventanas empañadas, concreto mojado, hojas en el piso…– y otro que somete toda la experiencia a la espera de una revelación divina o de una conexión espiritista, dispuesta para darle contorno y lenguaje precisamente a aquello que parece inexplicable –Diego acude al tarot, a una esquiva y muy incómoda sesión de “bienestar contemporáneo”, a ver en la sucesión de ciertos puntos revelaciones hondas sobre el futuro–. Este ir y venir en el registro nos confirma que estamos ante una película que es, al mismo tiempo, acto litúrgico y pirueta de comedias. La densidad emocional que ocasiona el eterno deseo de dormir también es fuente de risas y aprietos naturalmente divertidos. Otro contrapunto está en la amistad que interviene en el relato. Diego tiene una amiga que, contrario a él, no puede dormir. No dormir le permite a Liz hacer muchas otras cosas, entre ellas, organizar un proyecto importante para el cierre de una asignatura que cursa. Para terminar el proyecto, trabaja en la casa de Diego (su madre se ha ido de viaje y la casa sola, creemos, sería un peso imposible de soportar, incluso durmiendo): arma una suerte de especial teatrino, dibuja, pinta, recorta. Es su proyecto final y también un regalo para Diego: transforma una reliquia que adora y vigila. El proyecto es un éxito y es parte fundamental del centro emocional de esta película, delicado y sujeto a las dóciles normas de la amistad y lo fenomenal. Un techo sin cielo, depurada y colmada de repeticiones, candorosa y tan seca como la arena, es de rostros y de manos, de una casa grande, acogedora y vital. Es el justo contrario de lo mediocre, es la excelencia, es el placer. Con la impresión de lo naturalmente fácil, hace de todo un asunto emocionante: ver el cielo y sus cambios atmosféricos y etéreos; ver a alguien dormir (descansar, reponerse, conciliar con lo que le pesa); ver manos que se mueven para hacer cosas con hermosos y limitados propósitos; descubrir el nervio medular de una relación familiar.

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